Publicado el viernes 28 de noviembre de 2003 - Edición No. 721 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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ESTA SEMANA

Historias de maestros

Tres especiales maestros hablan de lo que enseñan y aprenden en su oficio

Roxana Muñoz

Argentina de Córdoba

Argentina de Córdoba con alumnos de V años de Mercadeo y Publicidad
“Hagan una fila”, le pedía Argentina a sus tres primitos a la hora de lavarse las manos antes de comer o de llevar los platos al fregador. Les enseñaba cantos y los ponía a hacer la tarea. En ese tiempo era una niña. “Me tenían mucha paciencia”, dice con una sonrisa.

Ella nació en una familia de docentes y desde chica jugaba a la maestra. Se aprendía la lección y luego la recitaba a un salón imaginario, explicando en un tablero que siempre hubo en casa.

Fue muchacha guía, estuvo en clases de teatro y karate, en todas esas facetas le tocó enseñar a los más chicos. También remplazaba a su hermana que era la instructora de catecismo.

Argentina de Córdoba es hoy profesora en el Instituto Panamericano. Si no está en clases se le puede encontrar en el departamento de Comercio, dicta la especialidad de Mercadeo y Publicidad.

Haber estudiado en Estados Unidos le dio la oportunidad de enseñar en esta escuela bilingüe. En la universidad estudió finanzas y mercadeo. Empezó en el IPA enseñando inglés a los de preescolar. Tomó cursos de pedagogía y siguió preparándose.

En sus primeros años en el colegio no descartaba la posibilidad de pasar a una empresa, seguía especializándose en mercadeo y también en educación. Con los años empezó a enseñar a los niños más grandes hasta que surgió la oportunidad de pasarse a la secundaria con la creación de una nueva especialidad en mercadeo.

En el 2000 los niños que ella había atendido en kinder estaban en su sexto año y ella allí fue su profesora. “Los recibí y los despedí”, dice satisfecha.

A sus alumnos los trata de “señor”. Merecen respeto y es la mejor manera de ganárselos. En su opinión, a veces los adultos desean imponer su posición sin dar explicaciones y es allí cuando ocurren los choques. Ellos necesitan analizar y no hacer todo mecánicamente, explica.

Conversa mucho con ellos. Incluso los escándalos que protagonizan los artistas son oportunidades para que los estudiantes reciban una lección. “En clase les explico por qué tal o cual artista actúa así, se viste de cierta manera, que es una estrategia de ventas y no significa que todos deban hacerlo así”.

Aunque en tiempos distintos, las inquietudes de los jóvenes siguen siendo las mismas. Es entendible que le guste la bulla, el rock, “yo era roquera, andaba en mi escuela con un grupo, cantando”. Solo hay que recordar que las ansias que tenías entonces son las mismas. “Por ejemplo, lo de los noviecitos es búsqueda de afecto”.

A esta profesora parece que no le molesta estar siempre rodeada de alumnos. Fuera de clases coordina al grupo de los Jóvenes Emprendedores y también el proyecto de una revista escolar. Estas actividades dan oportunidad a que el joven sea reconocido y explore otros talentos.

Su trabajo de docencia lo asume las 24 horas del día, “eso me lo dijo mi mamá hace buen tiempo. Donde tú vayas hay alguien que espera un ejemplo de ti”.

La maestra de preescolar

Son cariñosos, siempre el besito. Muy sinceros, me dicen ‘maestra hoy estás fea’ o ‘hoy estás bonita’

Deyla Simons

La maestra Deyla y sus estudiantes de la escuela República de Francia

“¿Por qué hay dos soles en tu dibujo?”, pregunta Deyla a su alumna de kinder. “Es que uno es de Cerro Batea y otro de Estados Unidos”, responde la niña en voz muy baja. Deyla le explica que es el mismo sol, lo suficientemente brillante y grande para estar en las dos partes.

Con mascaritas de mariposa, los niños de kinder están en sus sillitas, algunos juegan a la comidita, otros con rompecabezas, uno arma una fortaleza imaginaria, más allá alguien juega con un teclado. El pequeño salón de la escuela República de Francia en Cerro Batea es apenas refrescado por un abanico. Las paredes están decoradas con los trabajos de los niños.

Deyla Simons estudió bachiller en Ciencias con la ilusión de ser abogada. “Una vez fui a un juicio y me decepcioné”. En la universidad optó por la docencia. Como a muchos maestros le tocó dar clases en lugares inimaginables. Estuvo en Darién, en Colón y en San Blas. Tiene 12 años de docencia “pero no soy tan vieja”, afirma con picardía.

Desde hace un año da clases a 30 niños en una escuelita privada en Cerro Batea, de 7:00 a.m. a 12:00 p.m. Después cruza la calle para ir a la escuelita de enfrente, República de Francia, donde la entrevisté; allí atiende a 35 niños de 12:30 a 5:30 p.m.

Está feliz con el cambio que ha dado su vida este año, porque en las noches puede ir a la Universidad, de 6:00 p.m. a 10:00 p.m. toma un postgrado en docencia. Su día empieza a las 4:30 de la mañana en Bello Horizonte.

Quienes la conocen dicen que es muy jovial, parece que no se cansa. “No, si los niños son una terapia”. Aunque claro, cuando gritan mucho puede ser desesperante.

Para la maestra Deyla los niños chiquitos son fuente de muchas satisfacciones. “Ellos quieren venir a la escuela, les encanta, hasta los sábados quieren venir. Son cariñosos, siempre el besito. Son sinceros, me dicen ‘maestra hoy estás fea’ o ‘hoy estás bonita’. Son como una esponjita y absorben todo”.

Después de haber trabajado con tantos niños dice que tienen mucho en común. “Todos gritan” advierte. “Los niños que tienen acceso a la televisión, que están más estimulados, aprenden más rápido”.

En el salón los alumnos no dejan de hablar; “está bonito” le dice ella a una chiquita que insiste en mostrar su trabajo en medio de nuestra conversación.

En Kuna Yala aprendió a hablar en dule. “uinopi” entendió que le dijo un niño en su primer día de clase, pero ella no comprendía nada; “uinopi” insistía el niño, y como la maestra no sabía ni hacía nada, el niño se orinó en su presencia antes de ir corriendo al baño. “Eran niños muy obedientes y como no le di el permiso no fue al baño”.

En Colón no olvida un niño con problemas de aprendizaje. “Le dije a la mamá que el niño necesitaba de un especialista, alguien que lo guiara. La mamá se molestó, me dijo atrevida y me llevó a la dirección”.

Hace dos años encontró a esa mamá, ahora agradecida, porque después de aquel incidente había llevado a su hijo al IPHE y lo habían ayudado. El niño debe estar ahora en cuarto año.

En Darién, en El Real de Santa María, se transportaba en piragua y debía esperar la marea para salir. Enseñar ha sido una aventura.

QUIMICO Y ENTRENADOR

Este profesor de química se quita la bata de laboratorio para entrenar a jugadoras de fútbol femenino

Horacio Anria

Profesor de Química con sus alumnos del Episcopal de Panamá
¿Enseña educación física o física? Con esta duda se queda quien conoce por primera vez a Horacio Anria. Por un lado enseña química en secundaria y en el centro regional universitario de Colón, durante las noches; por otro, es el entrenador que llevó a las niñas del Colegio Episcopal de Panamá a Holanda para representarnos en el torneo de fútbol Copa Fox Kids.

Este licenciado en química tiene 27 años de ser docente, 25 de ellos en el Episcopal. En su primer año como profesor enseñó en el Colegio Moisés Castillo Ocaña y en el José Dolores Moscote. A sus estudiantes del Moscote les decía “¿a ustedes les gusta el fútbol? vengan el sábado y vamos a jugar. Entonces, les daba la clases y luego jugábamos”.

Siempre fue deportista. Jugaba en el barrio y en la escuela. Al graduarse encontró un lugar en la docencia.

Entró al Episcopal como profesor de química pero su amor por el fútbol no tardó en aflorar. Una vez le tocó dar clases de ciencias naturales en sexto grado y le preguntó a los varones si les gustaba jugar. Así nació la liga de varones.

Pero algunas niñas se quejaban: Querían jugar. “Ustedes, ¿se atreven?”, les preguntó un día y cuando un coro respondió que sí, les pidió que trajeran el permiso de sus papás. Eso fue alrededor del año 85.

Cuando los adultos veían a las niñas felizmente enlodadas -la cancha nunca se secaba porque había un ojo de agua en el lugar- no lo podían creer. Algunas mamás decían que les habría gustado jugar en su época.

Surgió la tradición de un partido madres contra hijas. Las mamás son las mejores fanáticas de sus hijas, asisten a las prácticas, a los partidos; hasta estuvieron en Holanda.

En los años noventa el Episcopal tenía un equipo de fútbol femenino, pero entonces era difícil conseguir rivales de otros colegios.

Hoy está orgulloso de las niñas. Las sabe exigentes “si yo no hago las cinco vueltas al campo tampoco lo hacen ellas”.

El 90% de los trofeos que engalanan la dirección del colegio son producto del sudor de las chicas. La gente las ve delicadas “yeyesitas”, pero aman el juego y son buenas.

Pateando una pelota también han aprendido. Mientras competían en las eliminatorias de Fox Kids conocieron unas niñas que jugaba con los zapatos de la escuela. “Interrogaron por qué. Yo sabía, pero les dije que preguntaran”. Al día siguiente trajeron las zapatillas que ya no usaban para obsequiarselas.

Sabe lo importante que es lo académico e insiste en que las jugadoras cumplan con sus deberes.

Cuando deja su uniforme de entrenador nos lleva al laboratorio. Allí tiene un arbolito navideño con probetas de colores. Les dio la idea a los muchachos y ellos hicieron el resto.

“Los muchachos te mantienen joven, ellos siempre quieren ir un paso más adelante que tú. Lo que ellos sienten uno lo vivió, solo hay que entenderlos”.

En el salón de clases mientras le tomamos la foto para este artículo Niko -el fotógrafo- le advierte que está muy reído. “Pero el siempre está así”, exclama una de sus alumnas. Y no es difícil creerle.



ESTA SEMANA
¡Ay! Me quemé
Mi ex en la oficina
La casita roja y los caminantes

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