Publicado el viernes 28 de noviembre de 2003 - Edición No. 721 | Inicio | e-mail | Foros | Favoritos | Buzón | ? |
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Acuerdos salvadores: El primero

Creo que cuando uno encuentra una herramienta que ayuda a fomentar el mejoramiento de la sociedad, es nuestro deber compartirla

Julieta de Diego de Fábrega

Hace como un año leí un libro titulado Los Cuatro Acuerdos escrito por Miguel Ruiz. Este personaje nació en México y se crió en una familia que seguía al pie de la letra las enseñanzas esotéricas de los toltecas. Su madre es una curandera y su abuelo un nagual o chamán. Miguel, por su parte, estudió la carrera tradicional de medicina, pero un terrible accidente automovilístico lo hizo reevaluar las viejas enseñanzas familiares.

Los Cuatro Acuerdos es un libro sencillo, pero con un mensaje poderoso y desde hace tiempo revolotea en mi cabeza la idea de compartir con ustedes lo que allí encontré. Como su nombre lo dice, para Miguel Ruiz son cuatro los acuerdos indispensables para alcanzar una vida plena, y aunque nos hemos vuelto bastante duchos en el tema de pactos y acuerdos, generalmente dominamos aquellos que se firman con terceras personas. No vayamos más lejos, ahora está en el tapete el famoso tratado de libre comercio con Estados Unidos de Norte América.

A pesar de la destreza para negociar que hemos adquirido como sociedad, se nos sigue dificultando generar acuerdos con nosotros mismos. No nos gusta mirar para adentro, así de sencillo. Y las distracciones de la vida moderna no contribuyen en nada a la introspección. Si usted es uno de esos que prefiere juzgar al mundo en lugar de autoevaluarse ni siga leyendo, porque este texto no es para usted.

Básicamente lo que Ruiz quiere que entendamos y aceptemos es que nuestro diario comportamiento es producto de acuerdos que formulamos a través de los años y que indefectiblemente condicionan nuestra conducta. Si logramos que estos acuerdos sean positivos, pues tendremos en nuestras manos las herramientas necesarias para ser productivos y alcanzar la felicidad plena. De lo contrario, nos sumaremos a la masa de inconformes que deambula por la vida quejándose.

El primer acuerdo dice que debemos ser “impecables con la palabra”. Tiene sentido, la palabra es una herramienta poderosa para construir o para destruir. Impecable quiere decir “incapaz de pecar” o “exento de tacha”, o sea que la meta es que nuestra palabra esté libre de pecado primero contra nosotros y por añadidura contra la sociedad.

Por supuesto que el primer pecado que se nos viene a la mente en relación con la palabra es el bochinche. Esa acción de sentarse por horas a destruir a nuestros congéneres. Sin embargo, para cuando llegamos al bochinche ya hemos hecho daño —muchas veces sin darnos cuenta— a quienes están más cerca de nosotros. Por ejemplo, si usted le dice a su hija que el rosado le queda feo solo porque un día se puso un vestido de ese color que a usted le pareció que no le sentaba, es muy probable que ella grabe ese mensaje en su disco duro y lo mantenga allí para el resto de su vida. Le garantizo que no se atreverá jamás a comprar ni mucho menos a ponerse una prenda de vestir que sea rosada, a menos que, por algún accidente, descubra que su afirmación es falsa.

Lo mismo sucede cuando un padre le dice a sus hijos que son brutos, vagos o malos para los deportes. Ruiz va aún más allá en su explicación acerca de lo delicado que es jugar con las palabras, pues afirma que al herir a una tercera persona con nuestras afirmaciones, automáticamente generamos animadversión hacia nosotros. Conclusión, lo malo que decimos de otros regresa.

Tan importante como evitar hablar mal de otros es expresar con claridad nuestros pensamientos. Si queremos transmitir un mensaje hagámoslo de forma directa y clara. No hay que andarse por las ramas ni pretender que los demás descifren que fue lo que quisimos decir.

Pero lo más importante de todo es usar la palabra positivamente y aprovechar así toda su fuerza constructiva. Sabemos que lo que nos diferencia de los animales es que tenemos uso de razón, entendamos que el vehículo para expresarlo es la palabra. ¿O, hay acaso animales que hablan?

Espero que estemos de acuerdo en que la próxima vez que vayamos a emitir un comentario que pueda hacerle daño a usted o un tercero vamos a preguntarnos ¿Qué estoy construyendo con esta palabra? Si la respuesta es nada, nos quedaremos callados.



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