La Zona que se nos quedó
Ya no está, pero no se han ido las emociones que nos revolvía aquella franja de 1,432 km2, donde el mundo parecía perfecto.
Roxana Muñoz
Dentro de 10 años habrá panameños adultos —jóvenes, sí, pero con cédula— para los que la Zona no tendrá un significado; no el que nosotros tenemos.
Nunca entré, pero desde niña supe de ese lugar silencioso, donde el césped siempre estaba cortado, donde no había un papelito en las calles, y lo más importante, se comían galletas gringas que a nuestras tiendas no llegaban.
Cuando viajábamos hacia Arraiján por la Interamericana, papá decía que en esa selva estaban, aunque no se veían, los gringos detrás de las cercas de alambre y los letreros de ‘no pase’.
La Bienal de Arte Panamá 2008 está dedicada a la Zona del Canal, lugar del que todos tenemos historias.
Mis compañeritos con alguna tía casada con un soldado, felices la visitaban los 4 de julio o los días de Halloween. Regresaban fascinados trayendo pastillas que hoy se consiguen en cualquier tienda, pero en esos tiempos no.
En mi casa volteábamos de cabeza la antena del televisor para que captara el Canal 8, el de los gringos, pero nunca pasamos de ver estática y oír ‘chis’.
Mi amigo L. estudió en el Instituto Nacional y recuerda que una tarde el profesor le dijo ‘se me acabaron los cigarrillos, pero qué pereza cruzar al Hospital Gorgas para comprar’. A los alumnos les brillaron los ojos y el más vivo se ofreció a ir a buscar los cigarrillos y de paso comprar para todos los que quisieran dulces de la maquinita.
Del lado de acá no había maquinitas y menos con esos dulces. Una fiesta tenía su éxito garantizado si contaba con cerveza de la Zona.
Me dicen que en Estados Unidos se puede encontrar mucha información sobre el estilo de vida de los zonians. En cambio, hay muy pocos libros, documentales o material de referencia escrito por panameños sobre aquella época, y eso urge.
Cuando los Tratados Torrijos Carter se firmaron yo tenía tres años. Crecí en medio de la reversión de bienes, oyendo a mis adultos decir: ‘se nota que ya no están los gringos’. Se referían a la hierba alta y a la basura.
También crecí escuchando hablar de soberanía. Entonces, el 9 de enero se vivía como un día de duelo; ahora la mayoría lo toma como un día de verano más.
Cuando tomé clases de Relaciones entre Panamá y Estados Unidos y leí Gamboa Road Gang y El Cruce entre dos mares, caí en la cuenta de la hazaña que fue la construcción del Canal. Casi no se hace. La selva y los mosquitos estuvieron a un tris de impedirlo. Pero al final se logró a punta de explosiones —y de vidas— una zanja monumental, armar unas escaleras de agua, crear lo que llegó a ser el lago artificial más grande del mundo, Gatún.
Todo eso sigue maravillando a los turistas, pero para nosotros son los barquitos nuestros de cada día.
En torno a la construcción se dieron tantas maquinaciones políticas no siempre limpias. En lo que sería la Zona del Canal había claramente ciudadanos de primera y de segunda categoría.
Para los extranjeros es difícil entenderlo. Cuándo empecé a viajar a otros países no faltaba quien me preguntara si todos los panameños hablábamos y teníamos visa estadounidense o si todos odiábamos a Estados Unidos por habernos ocupado.
Difícil de explicar. Molestaba sentir que había un lugar nuestro donde otros nos prohibían entrar, pero reconocíamos que tener el Canal hacía mejor nuestras vidas. No reniego de la Zona, pero no la extraño.
Nos va a tocar contarle a los niños sobre ese lugar. Sin él no hablaríamos de cuara, de la Avenida de los Mártires o de un lugar llamado Arraiján. Tenemos que decirles a los más chicos lo que admirábamos y lo que nos hacía rabiar. Todo eso que nos hace ser como somos. |